LAS TAURIDAS
Había llegado el día señalado como probable, para que se produjera el acontecimiento tanto tiempo esperado y no deseado. Por lo mismo, tanto yo como miles de astrónomos en todo el mundo, no queríamos sacar un segundo los ojos del telescopio. Continuamente registraba notas y cuando me tocaba observar, no paraba de hablar para que quedara registrado lo que veía. No se para que, si no podríamos hacer nada para impedir lo inevitable. Todas las hipótesis que se habían manejado, para evitar lo que sucedería habían sido consideradas de azaroso resultado, Seguramente, habría que haber destinado más fondos para investigación en décadas anteriores, ahora ya era tarde. No podía explicarme la miopía de los seres humanos, sobre todo de dirigentes, políticos, empresarios, periodistas, despilfarrando dinero y tiempo para satisfacer el hedonismo y no prestar atención a los asuntos verdaderamente importantes. Ahora los medios informaban con cierta morbosidad de inconscientes, lo que podía suceder. Por esa banalización de las noticias que hacen muchos periodistas, al principio la gente no le había dado importancia al suceso, pero ante el alerta rojo enviado por los distintos gobiernos a sus pueblos, bruscamente cambió la actitud. Ante tal panorama en todo el mundo la gente suspendió sus tareas, sólo los servicios esenciales funcionaban. De repente todos modificaron sus conductas, suspendieron sus planes, vieron la insignificancia de cosas, que hasta algunos días parecían importantes. Muchos se emborrachaban, otros oraban, se perdonaban mutuamente agravios, los enamorados se juraban amor eterno. Personas enemistadas desde hacia tiempo se reconciliaban. Se perdonaban deudas. Las más variadas conductas se observaba en la gente. Y yo me preguntaba:
¿Si no pasara nada se mantendrían las promesas? Si todo fuera así realmente sería un mundo ideal.
Al iniciarme en la astronomía, había leído que el astrónomo Kepler en el siglo XVII había exclamado ¡Hay más cometas en el cielo que peces en el mar! Pero ahora me parecía que se había quedado corto, hoy sabemos que hay más de cien mil millones de cometas agrupados en la nube de Oort y el cinturón de Kuiper. Cuando entré en el complejo de observatorios de Arizona , me tocó en el equipo gente con mucha experiencia, como Nappier, Williams, Kert un ex astronauta, Graham un periodista destinado a temas astronómicos. En los otros equipos también había gente muy capacitada. Recuerdo lo que decía Kert:
“Cuando observé por primera vez desde el espacio la Tierra, me di cuenta que no era tan inmensa como la imaginábamos. Revestida toda de azul, la vi pequeña, indefensa frente a las más variadas posibilidades de agresión, que podría sufrir a cada segundo en su incansable marcha espacial. Miles de asteroides, cometas, escombro estelar, podrían en cualquier momento impactar en un cruce de su órbita y podría seguir el camino de Marte, es decir quedar desolada.”
Williams acotaba, una de las defensas que tiene la Tierra es conservar su atmósfera, que permite frenar y destruir gran parte del bombardeo de meteoritos que ha sufrido a lo largo de su historia. Comentaba, que poco hacemos para mantenerla sana, ya que hacemos todo lo posible por destruirla. Agregaba Graham, en eso es tan culpable el industrial que contamina con sus chimeneas, como el automovilista, como cualquier ciudadano que para protestar quema cubiertas de autos. Nappier fue quien me introdujo en el problema, ilustrándome sobre el tema y el por que ahora estábamos, más atentos que nunca en este día. Este fue su relato.
“Desde el siglo pasado se observaba con preocupación el paso de un asteroide de cinco kilómetros de diámetro, denominado Encke, cuya órbita se cruza con la de la tierra cada tres años y tres meses. Se comprobó que pertenecía a un enjambre de asteroides llamado Las Táuridas, se lo designó así porque se suponía que provenía de la constelación de Tauro. Este enjambre tiene una anchura de treinta millones de kilómetros y si bien su órbita está a una distancia doble de la de la tierra al Sol, dos veces al año en junio y noviembre cruza la órbita de la Tierra. Dando lugar al maravilloso espectáculo celestial que es la vista de estrellas fugaces. Cálculos realizados hace más de cuarenta años determinaba que modificaciones de la órbita podía determinar una colisión con la Tierra, calculando esa fecha para el 30 de Junio de 2030. Algo más preocupante se observó posteriormente, junto con el Encke ocultado en el enjambre se detectó un objeto de treinta kilómetros de diámetro, metálico, lo que hace imposible destruirlo con un misil, a lo sumo se podría desviar su rumbo. Si consideramos que el meteorito de diez kilómetros de diámetro que cayó en Yucatán, hace sesenta y cinco millones de años, no sólo acabó con los dinosaurios, sino también con el noventa y cinco por ciento de las especies que existían en ese momento, aterra pensar lo que podría ocasionar éste”.
Ya con lo que me había contado Nappier, tenía que tomar sedantes para poder dormir, pero mi ansia de conocimientos me llevó a recoger aterradoras investigaciones hechas anteriormente. Estas informaciones después alguien las hizo llegar a los medios de comunicación. Lo que explicaba el cuadro de psicosis colectiva. Según investigaciones hechas en universidades de Italia e Inglaterra, un meteorito de diez kilómetros de diámetro que impactara a una velocidad de treinta kilómetros por segundo, si fuera rocoso, al entrar en la atmósfera estallaría generando un cráter de ciento ochenta kilómetros de diámetro. Una inmensa bola de fuego, se elevaría produciendo un viento violento, abrasador, que se desplazaría a dos mil cuatrocientos kilómetros por hora, con temperaturas de cuatrocientos ochenta grados. La destrucción se extendería por ambos hemisferios. Habría terremotos en todo el mundo y miles de incendios se generarían. Millares de toneladas de humo y ceniza subirían a la atmósfera, tapando la luz del Sol por mucho tiempo. Debido a eso se interrumpiría la fotosíntesis de los vegetales, alterando toda la cadena alimenticia de todos los seres vivos, generando una hambruna para los que se hubieran salvado en los primeros días. El impacto generaría una energía miles de veces mayor que la que produciría todo el arsenal atómico si explotara simultáneamente. Uno de los periodistas cargando la tinta, decía además que podría incendiarse todas las usinas nucleares, matando por radioactividad a los que se hubieran salvado por efectos iniciales del impacto. En las ciudades la destrucción de edificios, arrojarían vidrios a gran distancia que actuarían como guillotinas. Eso había creado este estado de angustia, que superaba todo lo que se podía haber vivido anteriormente y se lo asociaba con el Apocalipsis.
Pero había llegado el día fijado y ahora estábamos como hipnotizados esperando que apareciera el monstruo.
La aparición fue detectada por el observatorio de Terranova, que dio la alarma a todos los otros centros espaciales. Rápidamente se hicieron los cálculos, estaba al doble de la distancia de la Tierra a la Luna, pero a la velocidad que se desplazaba en seis horas impactaría en el Océano Pacífico. En el tiempo que siguió, miles de misiles con cargas nucleares, fueron disparados de diversas bases del mundo. Uno de esos misiles impactó en el temido Encke, que como era rocoso se fragmentó en miles de pedazos que eran alcanzados por otros misiles para tratar de pulverizarlos. De repente se agotaron los misiles y entre el enjambre de escombros se visualizó el objeto enorme tan temido. Comenté debe ser el “planeta asesino” del que hablaban las profecías. Nappier me dijo que no, porque ese era un planeta cinco veces mayor que la Tierra, que orbitaba alrededor de otro Sol pero en otro plano, por lo que en algún momento podría volver a cruzar la órbita de nuestro sistema solar, generando una conmoción planetaria. Una mezcla rara de miedo y curiosidad, nos impulsaba a disputar segundo a segundo la observación. En menos de dos horas impactaría y no sabríamos si en el mundo quedaría alguien para contar la tragedia. Si algunos sobrevivieran tendrían que empezar todo de nuevo en condiciones precarias y probablemente después de unos miles de años esto pasaría a ser una leyenda. Sucedería seguramente una nueva civilización que tendría que aprender todo. Había periodistas que comentaban que era una suerte que no cayera en tierra, lo que no sabían y no queríamos aclarar, para no generar más angustia, era que al caer en el océano el efecto sería mayor, el tamaño de este meteorito por ser de hierro, podría generar un tsunami con olas de veintiocho kilómetros de altura, barriendo toda la tierra. Solo se salvarían los que estuvieran en lo alto de la montaña.
Del miedo y de la angustia, había pasado a un estado de insensibilidad, como de parálisis emotiva frente a una muerte cercana, llamativamente sólo mi razonamiento funcionaba, como si hubiera hecho una abstracción de la realidad, me sorprendía de la velocidad con que trabajaba mi mente.
Cuando el objeto sólo estaba a dos horas de impactar, Niepper pegó un grito, el asteroide había cambiado bruscamente de dirección, su trayectoria se había modificado en diez segundos de arco, luego acompañado de su estela de asteroides se alejó desapareciendo de la vista. Saltamos de alegría. Niepper dijo;
“Fue como si una mano hubiera cambiado la dirección”.
Si dije, debe haber sido la mano de Dios.
Mario Salvador Bisaccio